Restaurante Bodega Cigaleña, de Andrés Conde (Santander)
Hay restaurantes que bien merecen convertirse en destinos de peregrinación enológica. Uno de ellos es Villa Mas, el restaurante de Carlos Horta en Sant Feliú de Guixols, que comenté recientemente. Otro es sin duda el restaurante de Andrés Conde en pleno centro de Santander: La Cigaleña. La Cigaleña es un auténtico templo del buen vino, cuya construcción comenzó el abuelo del actual propietario, que consolidó y engrandeció su padre, y que hoy dirige con maestría Andrés Conde. Que nadie espere encontrar aquí eso que hoy se llama “alta cocina”, ni sofisticaciones que además no encajarían con el entorno. Ahora bien, si lo que busca uno es disfrutar de vinos de ensueño, acompañando (o acompañados, según se mire) una comida sencilla y basada en el producto natural, aquí lo va a hacer a buen seguro.
Llegué hasta La Cigaleña invitado por Iñaki, Manuel y el resto los integrantes de la Peña Sarmiento. La compañía, francamente, no podía ser mejor. Conocer gente afín es de esas satisfacciones que proporciona esto de participar activamente en la blogocosa.
Era mi primera visita al restaurante y disfruté a lo grande. El local, probablemente lo conoceréis muchos, es clásico (es un negocio familiar que va, como digo, por la tercera generación). La comida es también de preparaciones clásicas, adecuadas para acompañar lo que va pasando por las copas (con algunos platos directamente deliciosos). Los vinos: impresionantes.
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A las 13:30 horas, puntuales, estabamos listos para sentarnos a la mesa, en un espacio reservado en lo alto de unas escaleras. Nos dejamos guiar por Andrés Conde tanto en la elección de los platos como de los vinos. Y acertamos, como podréis comprobar por los vinos que nos fue sacando:
Château Chalon (Jean Macle), Jura, 1997
La referencia más clara que se le puede encontrar a este vino es un vino del marco de Jerez, como resultado de la crianza bajo velo. Aquí hay aromas no tan punzantes y una componente claramente frutal. Salino. Con una acidez cortante. Muy profundo. Delicioso. Un vinazo al que le queda mucha vida por delante. Perfecto con el jamón, el lomo y la cecina.
Hubert Lamy, Criots-Bâtard-Montrachet, 1989
Oro viejo que empieza a mostrar reflejos ambarinos. Crema de limón y tostados en nariz. Con más aire los aromas procedentes de la crianza en madera se atenúan para dar paso a aromas más florales. Buena acidez. Buen compañero para unas anchoas en salazón.
Murrieta blanco, Rioja, 1982
Ambarino. Nariz muy sutil (ceras, grano de mostaza). En boca viene lo mejor de este vino: un cuerpo de densidad increíble, enorme acidez y un final muy largo con recuerdos de tabaco rubio. Se llevó muy bien con unas sardinas ahumadas, un maridaje que no conseguía alcanzar el Borgoña. No había probado un Murrieta blanco tan antiguo; lo encontré mucho más robusto que los esbeltos Tondonia, sin perder un ápice de elegancia. Se comió literalmente al Borgoña.
Paternina, Rioja, 1928
Jamás entendí por qué Paternina era una bodega tan considerada. Nunca había probado nada que realmente me resultase emocionante. Hasta este vino. No había probado un vino tan antiguo (la anterior marca la tenía un Marqués de Riscal de 1945) y me quedé absolutamente alucinado de encontrarmelo tan en forma. Capa impresionante, de color castaño con borde yodado. Sorprendentemente fresco en nariz. No se puede describir la nariz, que es de esas de llorar de emoción. En boca es un elixir. Deja un recuerdo imborrable. Excepcional. Entiendo que se pueda leer esto con escepticismo, pero hubiese deseado a cualquier buen aficionado al vino que hubiera probado este vino. ¿Quién se fijaba en el mero rebozado en tacos (jugosísimo, por cierto) al que acompañaba?
Comte Armand Clos des Epeneaux, Pommard, 1981
Botella defectuosa, que apestaba a basura y huevos podridos, y que Andrés inmediatamente se prestó a sustituir.
Viña Real, Rioja, 1940
Añada calurosa. Capa alta, muy alta. Entre chocolateado y malteado en nariz. Más cálido y con más estructura en boca. Al lado del Paternina se quedó minúsculo. Con un entrecote.
Domaine de la Romanée Conti, Echezeaux, 2002
Mi primer DRC me sorprendió por estar tan accesible a estas alturas. Perfecto equilibrio. Una nariz perfectamente definida de fruta y flores, con un algo de trufa. Tánico. Notas ahumadas y gran acidez. Muy elegante en boca. Mucha clase. Muy buen vino, pero me queda la duda de saber qué será con 10 años más. Acompañó a otro entrecote.
Eric Bordelet Poiré Granit
Una especie de “sidra” sidra de pera del normando Eric Bordelet acompañó el postre. Con 3º se bebe muy fácil, es refrescante y sabe a pura esencia de pera. Procede, dicen, de perales de más de 200 años.
Barbeito Malvazia, Madeira, 1875
A sus 133 años, este vino está más joven que yo. Castaño yodado. En nariz castañas asadas, compota de idem y cacao. Una acidez en boca que corta la lengua. E-nor-me. Una gozada
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¿Acabó aquí el festival enológico y gastronómico? En absoluto. La cena nos esperaba para disfrutar de “unas cositas ligeras” para cerrar el día:
De Montille Les Champans, Volnay, 2000 (Magnum)
Un vino todavía joven, aunque empieza a dejarse beber. Bien estructurado, de perfil clásico borgoñón, con una acidez muy viva. Con unas mollejas encebolladas, unas almejas a la sartén y una ensalada.
Goliardo tinto, Rias Baixas, 2006
Elaborado con la variedad tinta caiño. Nariz con presencia de frutillos rojos. Interesante fondo mineral. Los 10 meses en barrica de 3er y 4º han hecho su papel, sin hacerse notar. Boca salina, muy fresca, muy seductora y agradable, con buena acidez. Un vino muy muy personal, de perfil honesto y estimulante. Me gusta mucho. Es el tinto español más estimulante que he descubierto desde hace algún tiempo. Acompañó un San Martín rebozado en dados con patatas a lo pobre.
Château de la Negly Lancely, Côteaux de Languedoc, 2000
Andrés Conde recomendó este vino de 14,5º para el postre. Definitivamente hay que tener la mente abierta. Nariz bastante amable para lo que amenaza el color. Carácter cálido sin resultar abrasivo. Un algo que recuerda al oporto. Correcto.
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Nos despedimos, agradecidos, de Andrés Conde, prometiendonos a nosotros mismos volver tan a menudo como nos sea posible. LA jornada completa me quedará en la memoria por mucho mucho tiempo. Si me obligaran a destacar algo por encima del resto (cosa harto difícil), me quedaría con dos joyas como el Paternina 1928 y el Barbeito 1875, con dos auténticos vinazos como Château Chalon 1997 y Marqués de Murrieta 1982, y con la agradable sorpresa de descubrir que sigue habiendo en este país nuestro tintos que merecen la pena como el Goliardo, un agradable descubrimiento.
Datos de Contacto:
Restaurante Bodega Cigaleña
Daoiz y Velarde, 19
Santander
España
Teléfono: +34 942 21 30 62




Y Olé!
Excelente resumen SV. Fue un placer compartir la jornada, hablar de vinos, ir viendo las sorpresas que en forma de copa iban apareciendo…
En fin, que se repita
Un abrazo