Me encanta Andalucía. Particularmente el marco de Jerez: Jerez, Sanlucar, El Puerto de Santa María, … son localidades para quedarse a vivir.
Por diversas circunstancias, hacía casi 5 años que no pisaba la zona, así que un evento entre amigos organizado para el fin de semana fue la excusa perfecta para atravesar la península con el objetivo de disfrutar de 48 horas muy prometedoras.
Y mereció la pena.
Nada más llegar a Sevilla en AVE, cogimos un coche de alquiler para dirigirnos a Jerez (donde por cierto nos alojábamos en un hotel en el que hemos repetido y recomiendo: Los Jándalos. Por unos 60 euros en oferta es un 4 estrellas muy cuidado y muy bien ubicado). Nada más llegar a Jerez, tiempo justo para “arrojar” las maletas a la habitación y salir disparados hacia el Restaurante La Carboná, lugar de nuestra cita.
Para cuando llegamos todos nuestros compañeros llevaban un buen rato probando vinos diversos, todos ellos andaluces. En la barra imaginamos que debieron desfilar las obligatorias aceitunas y papas aliñás, que fueron acompañadas por el blanco Navazos-Niepoort 2009 (muestra de bota de noviembre 2009), por el fino Macharnudo Alto 2008 de Valdespino (Sobretablas), y por el Solera Fino Tío Mateo. No se puede llegar a todo… Así que directos a la mesa. El título improvisado para la cena prometía:
“De jereces, riojas y algún infiltrado”
Recuperamos parte de la ventaja que nos llevaban nuestros compañeros probando varios vinos de Jerez y Sanlucar. Navazos-Niepoort 2009 (muestra de bota) apenas acaba de venir al mundo, pero anticipa ya viveza, expresividad y salinidad. Excepcional la experiencia de probar el sobretablas de Macharnudo alto de 2007 y 2008: creí ver en ellos ese eslabón perdido que conduce al Navazos-Niepoort desde los tradicionales finos jerezanos. Una botella de la Manzanilla Las cañas (“la bota número 4″) nos agurdaba también sobre la mesa, pero decidimos dejarla para un poco más adelante.
Empezamos la cena con unos mariscos de la zona: unos excepcionales langostinos de Sanlúcar, más asustados que cocidos. El resultado, una excepcional textura y sabor, y lo más cercano al sabio trato al pescado que viví en Japón hace apenas unas semanas. Siguieron unas navajas de tamaño notable y extraordinario sabor. Después, unas almejas que para mi gusto pecaban de exceso de cocción (uno de los pocos deslices de la noche).
Acompañando a los mariscos llegaron a la mesa, sucesivamente, tres vinos blancos de López de Heredia: Tondonia Blanco Gran Reserva 1981, Tondonia Blanco Gran Reserva 1964 y Tondonia Blanco Gran Reserva 1957. Dos de ellos (57 y 81) habían recorrido junto a mi, en tren y coche, más de 1000 kilómetros de distancia. El Viña Tondonia Blanco Gran Reserva, Rioja, 1981 se mostró más evolucionado que otras botellas que he abierto en los últimos meses. Aún así, sus aromas de cáscara de mandarina y amielados, su vibrante acidez y su delicado por boca dejan la marca de su calidad. Mala suerte con el Viña Tondonia Blanco Gran Reserva, Rioja, 1964: corcho. Una pena, pues la materia que se apreciaba en boca hace pensar que de no haber sido por el maldito TCA esta botella hubiese sido una delicia. Nos resarcimos con un celestial Tondonia Blanco Gran Reserva, Rioja, 1957. Que un vino de 52 años muestre esta entereza, maravilla. Creció y creció minuto a minuto, y al cabo de 1 hora este cincuentón de los López de Heredia era un auténtico gigante. Sublime.
Para mi gusto el plato de la noche fueron las colosales albóndigas de gambas y calamares que vinieron a continuación. No soy capaz de describirlas, más allá de que me parecieron la cumbre de la delicadeza y a la vez de la intensidad de sabores. Un plato que, por sí solo, merece un viaje. El vino que la acompañó estuvo a la altura, y fue uno de los vinos de la noche: La Bota de Manzanilla nº 4 “Las Cañas”, del Equipo Navazos.Los epítetos que tengo anotados en mi cuaderno de notas no son reproducibles en este blog.
Las Croquetas de Urta, al lado de las albóndigas, mantuvieron el tipo como pudieron. Desfilaban entonces el Fino Amontillado de Félix Ruiz (futura “Bota nº 20”) y La Bota de Palo Cortado nº 6 “Bota Punta”.
Con la ventresca de atún rojo de almadraba a la plancha pasamos a los tintos. Estaba perfecta en cuanto a punto de cocción ¿Lo he dicho? El Viña Albina Gran Reserva, Rioja, 1956 se mostró viejo y cansado, con un final marcado por las notas de acetona. Pasó su mejor momento. Muy peculiar resultó el Glorioso, Rioja, 1964, con una aroma marcadísimo de cirio recién apagado. Mucho mejor el Lagunilla Gran Reserva, Rioja, 1970: limpio de aromas, fino, conservando todavía unos recuerdos de frutillos rojos en nariz (sorprendente ¿verdad?). Gran botella. El Imperial Gran Reserva, Rioja, 1982, se presentó con aromas animales en nariz y carnoso en boca. Redondo.
Nos acercábamos al final de la pantagruélica cena. Abordamos el Chuletón de Cantabria a la plancha, que fue debidamente acompañado con un Contino Reserva, Rioja, 1986 carnoso en boca y algo suciete en nariz. Atractivo el Tardieu Laurent, Bandol, 1995, con sus notas animales. El Emilio Moro, Ribera del Duero, 1995 salió amable, pulido y fresco. El Artadi Grandes Añadas, Rioja, 2000 lo encontré extremadamente tánico y más bien torpe. Tuvimos otro corcho en el Tondonia 6º año (embotellado en 1987): sorporendente mala suerte con los vinos de López de Heredia. Y finalizamos con un Valdemar Gran Reserva, Rioja, 1981: chocolateado, complejo. En boca, no tan interesante.
Llegamos a los postres sin ganas de seguir comiendo, así que decidimos dar por terminada la cena abordando dos vinos extremadamente raros: dos botellas de Abdullah Sherry (Fine Pale Dry Sherry y Oloroso Sherry). Interesantes por las elucubraciones que despertaron sobre su origen, más que por su contenido.
Tuvimos la oportunidad de saludar a Javier Muñoz, el protagonista en los fogones, que a pesar de su juventud demuestra saber hacer en La Carboná. Javier, después de comenzar en la misma Carboná, inició su formación práctica en Santander junto a Luis Rivas González, en el restaurante El Limonar de Soano. Posteriormente pasó a formar parte de la plantilla de cocineros del grupo Jale en El Puerto de Santa María, donde contó como maestro con Joaquín Ramírez, Jefe de Cocina del Hotel Monasterio y la Hacienda Las Beatillas, y con D. Pedro O’Neal, del Hotel Duques de Medinaceli. Antes de regresar a La Carboná, trabajó de nuevo en Santander en el restaurante El Serbal.
Datos de Contacto:
Restaurante La Carboná
C/ San Francisco de Paula, 2
11401 Jerez de la Frontera
España
Teléfono: +34 956 347 475
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