Francesco Rinaldi e Figli Cannubbuio, Barolo, 1995

Dada la buena experiencia que habíamos tenido en la primera visita, decidimos acercarnos de nuevo a profundizar con más calma en la sencilla pero sabrosa cocina del Ristorante-Enoteca Locanda del Camino. Nos dejamos guiar en esta segunda ocasión por Roberto, eligiendo en primer lugar el vino y a continuación la comida con la que lo disfrutaríamos.
El vino elegido fue un Francesco Rinaldi e Figli Cannubbuio, Barolo, 1995. Procede de las viñas de Nebbiolo de Cannubi (Rinaldi utiliza la antigua denominación de Cannubbio). Las viñas de este área son destacadas por dar vinos austeros y equilibrados y con un perfume delicado y elegante. Y bien ¿qué vino nos encontramos? Pues un vino que, decantado, se mostró intensamente perfumado con un delicioso aroma trufado. Fresquísimo en boca, pulido, aunque mantiene estructura tánica todavía. Un vino de auténtico disfrute, en perfecta sintonía con la comida que acompañó. Perfecto para tomar ahora y en unos años (2006-2012).
Lo acompañamos con una sucesión de sabrosísimos platos, a cual más delicioso. Comenzamos con Fiambre de conejo cocido con lavanda, coronado por unos riquísimos trocitos de tomate marinado y una reducción de jugo de uva (una especie de arrope, pero algo menos concentrado y de sabor más delicado). A continuación vinieron unas riquísmas porciones de carne con una salsa de limón y salvia. Deliciosamente delicados resultaron los ravioli, de minúsculo tamaño y excelentemente trabajados, rellenos de “ricotta” y aderezados tan solo con un poco de mantequilla y una pizca de albahaca. Para finalizar (imposible seguir más allá), un risotto al vino tinto magistralmente ejecutado. Una delicia de comida. Terminamos con los “dolci”. Quienes compartíamos mesa probamos el melocotón asado con crema y caramelo, de carne muy sabrosa, un “semifreddo” con chocolate y oporto y un refrescante helado de fresa. Punto final.
Un restaurante de disfrute que recomiendo de nuevo a quienes se acerquen por la zona.




[…] Excelente trabajo de Roberto Molineri, a quien todavía tendríamos ocasión de visitar en una segunda ocasión. […]